Mi padre siempre tiene las razones perfectas para que me ponga a escribir. En todo aquello personal que me sucede hace una pausa y me cuestiona -¿Ya escribiste sobre esto?- Nada de mí puedo contarle sin que me anime a describir con letras cada una de mis experiencias. Yo, al contrario, he sido de la idea, errada a su juicio, y a la de muchos, que debe sucederme algo realmente trascendental y poco común para que me siente frente al ordenador y pueda contarlo. Sigo esperando (ni siquiera mis experiencias extraterrestres, astrales y de reencarnación son suficientes), ¿qué puede ser eso tan trascendental de mí que deba contar? Puedo hacer notas de historia, política, filosofía, sociales, curiosidades, etc., ¿pero de mí? Mhm, aún no encuentro lo relevante.
Cansada entonces de esperar estoy aquí, para contar lo no trascendental, lo que aprendo en el día a día y sé que todos también lo hacen. Me siento a repetir, pues, lo que muchos otros ya conocen, ya han visto y dicho.; y nada nuevo, advierto, ha de salir de mi boca.
Comienzo, entonces, afinando la ortografía, esperando no olvidarla en el camino de la introspección.
Me encuentro ahora en una ciudad que no es la mía, un lugarcito cálido lleno de mitos y prejuicios, que me inyecta potentes rayos UV cada vez que salgo por la puerta. En el monótono acontecer me he topado con personas distintas, tanto las que te acogen con sonrisas honestas o esas que te miran de arriba para abajo para identificar tu estatus.
Mi filosofía, para todos ellos, es la ternura. Miro a todos como pequeños conejos perdidos y encontrados, como ese que adquirí en el mercado, tan pasivo y solitario que no podía dejarlo ahí. –Si alguien tienen que comerte algún día- pensé.- Seré yo… pero antes te pediré permiso.- Dudo que algún día me lo dé.
Me dicen que tuve suerte, ese conejo es tan suave y tierno que poco lo enoja; por eso me siento tan cómoda a su lado. De la misma manera he tenido suerte con algunas personas. En “el mercado de la vida” me he topado con dos que tres que me hacen sentir a gusto en mi jaula. Y aún sabiendo que existen quienes muerden y atacan a la primera provocación, no dejan de darme ternura sus ridículos cachetitos y mórbidas orejas.
Amo a los conejos y amo a las personas, me enternecen sus reacciones, sus ganas de comerse el mundo y su habilidad para cagar todo. No puedo dejar de cuidarlos, de perdonar lo que hacen; así destrocen mi mejor vestido a mordidas o me inventen los mejores chismes en un diario.
(Ya me gusto esto, creo que seguiremos “introspeccionando” pronto…)
