La lluvia es la más traviesa de mis amigas. Entra por la ventana y empapa todas mis ideas con un peso singular, de esos que te exigen la mayor fuerza.

Ayer por la noche mi inesperada compañera entro a refrescar mis sueños con una ligera brisa.

-¡No lo puedo creer! jamás sentí la lluvia tan viva al dormir-
Era tibia y danzaba alrededor de mí.
-¡qué dulce momento!-

Cerré los ojos dentro de mi sueño para disfrutar de aquella lluvia que me recordaba a mi niñez con botitas rojas e impermeable transparente, a las ranitas oscuras que se escapaban de mis manos junto con las gotas de cristal suave y los cielos inmensos.

-¿Me extrañarán la lluvia, las ranitas y los cielos?- me pregunté.
- Nunca más que yo- sonreí.

Al día siguiente tuve ganas de sentir a mi añorada compañera y platicarle mi sueño, pero no apareció. Así fue por casi dos días. Inesperadamente, mi querida amiga, como siempre, y hace tanto que no lo recordaba, tocó a mi puerta y me invitó a jugar.

-Ya no tengo las botitas rojas- dije triste.

Y de repente, como una protesta de amistad, del cielo se expulsaron abundantes granizos. Entonces, antes de cerrar mi puerta con profunda pena, logré observar a mis vecinitos asomarse por sus amplias ventanas con las miradas más curiosas que he visto hasta ahora. Todos salieron corriendo de sus casas, atrás sus madres persiguiéndolos con abrigos de temporada, y recogieron la mayor parte de bolitas frías que misteriosamente golpeaban sus casas. Entendiendo lo que sucedía, abrí mi puerta lo más que pude y recogí algunos “hielitos” que cayeron por mis pies. Y a la pregunta más inquietante, que sólo mi vecinito de casi cinco años pudo hacerme, acerca del porqué a su puerta caía hielo del cielo, le respondí, mientras un pequeño granizo se derretía entre mis manos, que era la manera más llamativa que nos hacia el inmenso cielo para que saliéramos a jugar con su pequeña hija lluvia.