Ambiente de luces. Ella la flor más blanca. Personas amadas con peinados a la altura. Atrapar la pequeña flor que se desprendió del ramo. Brindar y danzar por su amor, bailar y sonreír por el mío. Promesas bellas y después suspiros. El olor de la flor que sólo abre de noche. La boda con la que jugábamos de niñas, la vida en un segundo. ¡Veladas eternas!
Sí, septiembre lleno de nocturno amor se hizo presente en la boda de la mujer que, aunque heterogénea a mí, me entiende mejor que nadie. Ella tan hermosa, algo agotada y feliz, bailó y sonrió toda la noche, la mejor anfitriona que he conocido. Nos cuenta risueña que horas antes de la boda su vestido se había desajustado por la traviesa Valeria que, ya desde el vientre, hace que su madre haga berrinches de niña. Al final de la velada, y sin previo aviso, se dejaron derramar lágrimas, el ahogo de las palabras que siempre se quedan cortas y la esperanza de ratificar que todos los presentes esa noche, y todas las de septiembre, elegimos, dentro de un mar de posibilidades, aquello que sin duda nos hace felices.

Yoy
5 dic 2006 | 06:38 PM
Queremos saber más!!!