En constantes ocasiones he creído que las preguntas filosóficas pertenecen a la creatividad de los niños. ¿Y Por qué? ¿Y por qué? Insisten a todas horas. Supongo que así comenzó la filosofía para mí, al comenzar un juego con los adultos llamado “¿descubierto o inventado?”. Señalaba la silla como un invento, y la madera como un descubrimiento, la estufa, el fuego, la tele, la electricidad. Los señalaba a mi modo infantil y era mi juego preferido. Creía que era la única niña en el mundo que sabia que la receta de los chiles rellenos se inventó, pero que los chiles se descubrieron, y me autoproclamaba reina del juego. Sin embargo, conforme los elementos “visibles” se agotaban, mi juego ostensivo se limitaba y entonces comencé a preguntarme por cuestiones más complejos como el amor, la libertad, la religión, el arte, la moral, etc. Así, el “flash” filosófico nubló mi espíritu, me pregunté qué eran aquellos conceptos, ¿el amor se descubre o se inventa? ¿Es la libertad un juego lingüístico o una esencia que se pone en marcha?