Ay, el Rey del Pop con sus mágicos pasos hacia atrás, aprendidos por el mismísimo Marcel Marceau; con aquella canción que me hacía sentir rebelde a los diez años (Give in to me) y con toda aquella publicidad de Pepsi que me hizo canjear varias corcholatas por "pepsilíndros" con su imagen. Sí, yo era una niña cuando a mis manos llegó mi primer cassette, Dangerous, aquél que escuché dos mil veces, mil del lado A, mil del lado B; jamás bailé tanto desde entonces.

Michael fue un ídolo para los niños que, como yo,  los escuchábamos decir: "We are the world, we are the childrens", "healt the world", "Free willy". Era como pertenecer a Greenpeace al ritmo de Billy Jean. Nada es eterno, la magia se fue con las acusaciones macabras, verdaderas o falsas, de sus preferencias hacia los "childrens", y lo que es peor, Willy, la ballena, no sobrevivió "free" en el mar.  

Con la muerte de Michael vienen a mí muchas imágenes de infancia, de mis ídolos y sueños. Hace más de diez años que escondí en el closet sus discos, posters y videos.  Ahora, con su muerte decidí salir del closet con ellos.

Sí, sí lo admito, me gusta Michael, me gusta su música y su manera bizarra de ser y si fuera Paris Hilton compraría Neverland.